¿A quien no le encanta gustar?, ¿Quién no disfruta del placer de atraer al otro? En realidad nos gusta a casi todos los seres humanos, porque esa corriente de atracción, aparentemente simple, no solo es divertida y gratificante en sí misma, sino que conlleva un valor añadido doble: primero porque uno se siente más fuerte, pues algo en su interior te dice que tienes mucho ganado a la hora de conseguir un objetivo, y segundo, porque se siente valioso: “Si gusto, es porque lo valgo”.

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El gustar a los demás puede ser el efecto involuntario de un don natural o el resultado de una estrategia intencionada (a veces ambas cosas). El caso es que para algunas personas, los que se obsesionan por seducir el gustar puede convertirse en la razón –leit motiv – de su vida, en su juego más apasionante y riesgoso y en el principal refuerzo de su autoestima.  En realidad, lo que hacen estas personas es buscarse a sí mismos mientras creen que conquistan al otro (lo de creer es porque el seductor o seductora profesional viven más de la creencia que de la realidad).

La conducta del seductor tiene su intríngulis. Trabaja con mucha dedicación para obtener el gran halago y la posibilidad de conseguir el premio mayor: sexo. Pero cuando lo consigue prefiere no prolongar demasiado la conquista, por el riesgo de exhibir su verdadero ser, menos rutilante que el desplegado para convencer. Pero además, porque, agotados ya todos los recursos del “galanteo” en uno de los flancos, aparece la tentación de iniciar una nueva conquista.

Los seductores “profesionales” llevan más la cuenta de las personas conquistadas y llevadas a la cama, que de las personas amadas, y es que realmente no es enamorarse, sino enamorar. Incluso, algo aún más complejo: enamorarse de sí mismos. Ellos crean una imagen ideal, dictada por su vanidad y después actúan de acuerdo con esa realidad falsa y se convencen de su efectiva veracidad.

Entonces salen a una búsqueda frenética y si es posible tratan de elegir “piezas muy valiosas”, pues están le devolverán una imagen reforzada de sí mismos. Y piensan algo como: “Si esta súper belleza de hombre o de mujer se rinde a mis encantos, entonces está claro, que el súper soy yo”.

Los don juanes y las vampiresas siempre han existido en la vida y en la literatura. Y actualmente han encontrado un fértil campo de cultivo en las redes sociales, donde es fácil mostrarse poco como se es y mucho como se desearía ser.

Archivado en: Hombre, Mujer, Relaciones, Sexualidad



Autor del articulo original es sexlecciones

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