Las yemas de los dedos son capaces de reconocer cada rincón del cuerpo del amante, sin ni siquiera verlo. Transmiten la excitación a cada zona erógena y saben que caricia hacer en cada zona de piel del cuerpo que tocan para otorgar placer. La piel de todo el cuerpo humano es tan sensible que reacciona a los toques, besos, abrazos y caricias que realizan con dedos, lengua, plumas o pañuelos.

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También son las partes más finas del tacto, las que logran retener las formas, las texturas, los orificios y las temperaturas, en la memoria sensorial, para luego esos recuerdos ser usados en un nuevo encuentro íntimo. La amante sabe que un roce imperceptible de sus dedos, como si flotaran sobre la piel de la espalda de su compañero, sirve para que el sienta escalofríos de excitación.

Ella pasa sus uñas sobre las nalgas, mientras se da cuenta como su compañero hace evidente su pasión. Luego continua con un único dedo, que juega entre el canal de las nalgas superficialmente, para seguir su lento recorrido por la parte trasera de las piernas hasta llegar a los pies. El está suspirando y respirando muy agitado. Las manos de ella siguen su estimulo paso a paso. Le hace un leve masaje con los pulgares en la planta de los pies y le acaricia la zona entre los dedos.

Luego él se da la vuelta aunque sigue acostado y su erección es muy evidente. Ella invierte el camino de sus caricias: ahora son ascendentes y mucho más enérgicas. Sus manos suben por cada pierna como si fuesen pasamanos, a la vez que dan leves golpecitos con sus dedos a lo largo del erótico camino. El destino es la entrepierna y él lo intuye y se agita. Pero al llegar muslos arriba, ella solo pasa sus dedos por las ingles de aquellas piernas separadas proporcionando una insoportable tortura.

Ni siquiera rozo el pene…y sigue hacia arriba. Se concentra en los lados del cuerpo y de repente cambia de rumbo, moja los dedos de ambas manos y comienza una caricia rotatoria en las tetillas. El hombre reclama, casi con furor, la atención sobre su pene, pero el juego y el movimiento de las manos resulta interminable.

El placer no se encuentra solamente en las manos, está en casi todos los espacios de su piel. Hay caricias hechas deslizando suavemente los pies por los pezones de la compañera, con una sensación novedosa e impactante. Cuando una mujer decide que sus pezones erectos hagan un itinerario de caricias sobre la piel de su amante y se aventuran por las nalgas, se introducen en el canal que las separa o punzan suavemente sobre el escroto. O cuando el utiliza su pene, con su glande desnudo de piel sensible, como un dedo especialmente sensual que acaricia a la mujer desde la cara hasta el clítoris.



Autor del articulo original es sexlecciones

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